La literatura tiene la capacidad de transformarse en un espacio de reflexión cuando la historia deja vacíos insalvables. En el libro de cuentos Semillas, ambientada en la Región de Los Ríos, nos enfrentamos a una obra sobrecogedora, que relata los hechos con mesura conceptual. A través de siete relatos basados en crímenes reales, el libro da voz a niñas, jóvenes y adultas cuyas vidas fueron interrumpidas por la violencia. Con una narrativa compleja, mística y reparadora: otorgar la palabra a las propias ánimas, desde el plano de las almas en pena, convirtiendo el dolor en memoria viva y colectiva.
Lilia Hernández Vergara nos entrega un entramado simbólico, entre hilos, husos y telarañas. Con aciertos estéticos destacados en la cohesión interna de la narrativa, a través de una imaginería textil y orgánica que atraviesa cada historia. El libro funciona como un gran tejido donde los cuentos dialogan entre sí. En “Hilos”, la protagonista observa desde el umbral de la muerte cómo las mujeres de su pueblo natal se congregan para sanar la tragedia: ocupan hilos amarillos para bordar la luz del sol y una hebra gris para zurcir el luto. Este ejercicio no solo es estético, sino también político; evoca las arpilleras y los memoriales colectivos donde el bordado se convierte en lenguaje de duelo.
Esta misma metáfora se desplaza hacia la dimensión ancestral en “Espiga”, donde el acto de la abuela hilando con el huso en sentido de las agujas del reloj se conecta directamente con la historia del despojo y del desarraigo. Aquí, el hilo es protección y es linaje: una brizna amarrada a la muñeca para resistir. Por su parte, en “Telaraña”, la metáfora se vuelve sutilmente dolorosa: la protagonista, mira cómo sus hijos pisan las hojas secas en el suelo, los mira hacia arriba desde la profundidad, ve cómo las raíces bordean sus huesos mientras las telarañas sostienen su alma. El hilo de la telaraña se extiende por debajo de la tierra intentando tocar las huellas de sus hijos, en un intento desesperado por no ser olvidada.
La prosa de la autora destaca por construir una atmósfera marcada por un pasado y una melancolía fantasmal, donde el paisaje del sur de Chile (Valdivia, Antilhue, Osorno, Curiñanco) deja de ser oscuridad, sensación de inquietud o peligro latente para transformarse en misticismo y geografía viva. En “Río Cruces”, el agua actúa como un cauce de misterio; la caída del anciano desde el puente, comparada con una hoja seca que se desprende de un árbol, contrasta con el deambular exánime de la mujer que busca en el río el “hilo que la conecte a la claridad”.
La contemplación se profundiza con la presencia constante de las animitas, como la de la calle Bueras en “Semillas”, las grutas, las velas encendidas y las letanías son los canales a través de los cuales las almas penitentes intentan comunicarse con los transeúntes o devotos que no se detienen a conocer la verdad de sus historias. Hay una tensión constante entre el silencio y el clamor del más allá. Flota en el ambiente una “mácula que nubla el recuerdo”, una herida histórica que crepita bajo los pies como hojas secas en el suelo.
En el relato “Avellanos”, reconstruye de forma magistral el trasfondo psicológico en torno al horror del Chacal de Pupunahue, se evidencia la impunidad y el cinismo del Chacal a través de diálogos punzantes, como la confesión en el retén de Antilhue. En contraposición, la obra recurre a la naturaleza como un refugio.
El símbolo de las aves cruza toda la obra. Desde el tordo de ojos brillosos que se posa sobre la gruta en el primer cuento, hasta “Pajaritas”, ambientado en las quebradas de Curiñanco. En este último relato, la protagonista comprende que las almas no pueden dejar vestigios, pues las aves se comen las semillas que ella deja caer como pistas. Es ahí donde aparece la figura de la animita que construye con premura un nido en la altura de un árbol para protegerse de las alimañas. La búsqueda del del nido es el resguardo.
Semillas es una obra de una enorme delicadeza literaria y una tremenda urgencia ética. Al entrelazar el dolor histórico con el realismo cotidiano, el libro logra una propuesta narrativa que desafía el olvido a través de una belleza sombría y una voz poética impecable. Al cerrar sus páginas, el lector comprende que estas siete mujeres son semillas que esparcidas en relatos potentes para que la memoria germine.